Este proyecto es una invitación para romper el tabú. Es un canal de inspiración y de información, tanto para quien vive el luto como para quien desea ayudar

“Mi trabajo es de amor, es de cuidar”

Gisela Adissi, una de las fundadores de ‘¿Y si hablamos del luto?’, ya tuvo vergüenza de ser propietaria de un cementerio. Hasta que la muerte de un primo en un accidente le dio un nuevo significado a esta historia.

Imagem: Arto Marttinen / Unsplash

“Mi familia es propietaria de dos cementerios, un crematorio, una funeraria, un plan de asistencia funeraria y una floristería dedicada a los servicios funerarios. Como crecí viendo a mis padres trabajar en este sector, siempre encontré todo muy normal. No fue hasta cumplir los 9 o 10 años que empecé a quedarme incómoda frente a los demás ―y sucedió porque ellos se sentían incómodos frente a mí cada vez que decía que era la hija de los dueños del cementerio―. Veía en sus rostros una extraña expresión, vergüenza, y luego empecé a tener vergüenza también. Recuerdo hasta el día de hoy la única vez en mi vida que me encontré con otra chica que venía de una familia como la mía. Éramos adolescentes y cuando María Fernanda me dijo ‘mi padre es propietario de un cementerio’, empecé a gritar ‘¡El mío también! ¡El mío también! ¡El mío también!’ Ni siquiera nos conocíamos y fue automático darnos un fuerte abrazo. Incluso ahora, en la edad adulta, muchas personas todavía me miran raro cuando les digo cual es mi profesión. En la época que hice un postgrado tenía que decir en diferentes clases cual era mi área de negocios y veía a la gente sonriendo irónicamente y encogiéndose en sus sillas, como si necesitaran protegerse de mí. Nadie quiere estar cerca de alguien o de algo que recuerde la muerte. Hacemos todo lo posible para olvidar que existe. Me parecía comprensible la reacción de mis colegas: ¡Confieso que mi trabajo ya me pareció extraño! Incluso habiendo frecuentado cementerios desde niña, demoré para tener intimidad con la muerte.

Sólo cuando perdí trágicamente un primo cercano fue que realmente pude experimentar el sufrimiento en la piel de quien ve partir a alguien muy querido. Y al experimentar esa sensación, el sentido de mi trabajo cambió por completo ―si antes me daba vergüenza, hoy me siento orgullosa de lo que hago―. Ya había perdido personas antes, pero hasta entonces todo había ocurrido en el orden natural de las cosas. Mi abuela, una tía… Sufrí, pero fueron muertes que ocurrieron en el tiempo esperado. Nada se compara con la muerte de Leo… ¿Cómo alguien puede desaparecer repentinamente en un accidente aéreo? ¿Cómo lidiar con la partida de una persona tan joven, tan en la plenitud de la vida, tan llena de planes? La muerte de mi primo dio un revira vueltas a mi vida (la vida interior, más que la exterior) y, me atrevería a decir, la vida de muchos de mi familia, a pesar de que estamos acostumbrados a vivir tan cerca del luto. No hay forma: si esta experiencia nos ha enseñado algo, es que el luto de cada uno, es el luto de cada uno. Yo sólo puedo hablar del mío… Y digo: para mí, en las semanas siguientes a la muerte de Leo, todo se quedó congelado y fuera de lugar. El tiempo parecía correr en cámara lenta, faltaba consuelo y sobraba dolor. El dolor pesa. Quizás provenga de ahí la palabra ‘pesar’ para expresar el sentimiento de luto. En aquellos días, fui viviendo medio que en automático, llevando conmigo mi pesar. Por donde yo iba el paquetito (paquetazo) de dolor iba conmigo.

De esa época sólo recuerdo partes. Una, es la conferencia que asistí en el Sindicato de Cementerios y Crematorios Particulares de Brasil – SINCEP. Fue una conferencia del Instituto Cuatro Estaciones, que hace un trabajo muy eficaz y respetado de apoyo psicológico para situaciones de pérdidas y luto. Como el accidente que mató a mi primo era el asunto de aquellos días, era natural que fuese mencionado por las psicólogas. Pero fue suficiente empezar a hablar sobre el caso para que las personas del sindicato se manifiesten diciendo: ‘Por favor, no queremos tocar ese tema’. Yo quería mucho escuchar lo que tenían que decir… Me conmovió al darme cuenta que mis colegas querían evitar que alguien hurgara en nuestras heridas, pero de cualquier manera la herida estaba abierta, expuesta, sangrando. No había ningún problema que hicieran referencia a la muerte de Leo porque en ese momento no había nada en mi corazón, en mi mente, que no fuese la muerte de Leo. Me pareció curioso que un evento de personas que trabajan con la muerte, el dolor fuese un tabú… A partir de ahí la idea de humanizar la atención en las empresas funerarias ganó una enorme fuerza en mí. Esto ya era un propósito profesional y se convirtió en algo más grande, un proyecto de vida ―hoy tengo el sueño de transformar la relación que las personas tienen con la muerte―. La creación de la página “¿Y si hablamos del luto?”, tiene mucho que ver con este sueño. Soy una de las fundadoras del proyecto junto con seis amigas del área de comunicación y psicología ―que, quizás debido a que tienen profesiones donde se ejercita la curiosidad y empatía, han tenido siempre oídos muy atentos e interesados para mis historias ‘cementerianas’―. ¡Gracias chicas!

En mi trabajo, a todos los colaboradores se les recuerda constantemente que si para nosotros los funerales y entierros son rutina, quien viene a nuestros cementerios para ir a un funeral vive un momento único y difícil. El respeto, la discreción y la delicadeza son valores que insistimos en cultivar en relación a nuestros clientes y también a nuestro equipo, que necesitan apoyo (no es fácil convivir con la muerte diariamente y por eso nuestros “cuidadores” también necesitan de cuidados). Trato de difundir entre ellos la idea de que somos una empresa proveedora de afectos y de que sólo trabajando juntos podemos crear caminos para cambiar la relación que las personas tienen con la muerte. Entendemos que es necesario cambiar la estética fúnebre, la “cara” de la muerte. ¿Por qué los ataúdes son siempre los mismos, hace tanto tiempo? ¿Por qué tan pesados y oscuros? ¿Será que podemos hacer algo diferente, ‘conectar’ la muerte no al peso, sino a la levedad? Afortunadamente, mi querida tía Mara, que fundó este negocio hace 45 años, tuvo la idea de poner a nuestros cementerios un nombre que evoca la levedad: Primaveras. (No quiero alargarme en este asunto porque tengo miedo de que ustedes, lectores de la página “Y si hablamos del luto”, piensen que estoy aquí para hacer publicidad. No estoy.)

Hoy en día ya no utilizo más evasivas como “soy empresaria” o “soy administrador de empresas” para hablar sobre mi trabajo. Trabajo en un negocio que es de amor, es de cuidar. Cuidar de las personas, cuidar de la memoria. Hablar de memoria rendiría otro texto, pero tendrá que esperar para la próxima ocasión. En éste, lo que quería decir ya lo he dicho: ¡trabajo en el cementerio, con orgullo!

* Este relato fue pasado a la periodista Sandra Soares, amiga, hermana y escritora.