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“Qué bueno que no tuviste que sentir la muerte de tu padre”

La periodista Silvia Amelia de Araujo tenía apenas 2 años cuando falleció su padre. A diferencia de sus hermanos mayores, ella no comprendió inmediatamente esta noticia. No obstante, y como lo explica en este emocionante relato, ella sintió la ausencia de su padre de manera tan fuerte que el luto acabó haciendo parte de la construcción de su identidad.

Image: Danielle MacInnes / Unsplash

No soy buena recordando los cumpleaños. Ya olvidé el de casi todas las personas que amo. Pero no olvido el día del cumpleaños de mi padre. El único que nunca conmemoré.

Mi padre murió a los 37 años de un infarto fulminante. Era una mañana de Navidad. Yo estaba cerca de cumplir los dos años, así que no me acuerdo de él. Ya escuché a algunas personas decir: “Qué bueno que no tuviste que sentir la muerte de tu padre”, refiriéndose al hecho de que mis hermanos mayores, que en aquella época tenían 9 y 11 años, sí comprendieron de inmediato la noticia de la muerte de nuestro padre y yo no.

Ahora bien, piense en un niño muy pequeño que ama a su padre – porque a esa edad ya se sabe amar. Antes de entender la muerte, se entiende la desaparición. Entonces, para mí, que tenía esa edad, fue exactamente eso: el papá que yo tanto amaba desapareció. Ese padre, que viajaba mucho por trabajo, un día se fue y nunca más regresó. No llegó para dar nuestra tradicional vuelta en Combi por la cuadra.

Inmediatamente, nos mudamos de ciudad y de casa. Todo el mundo a mi alrededor estaba extremadamente triste, mi mamá principalmente. Claro que lo sentí. Comprender y sentir son dos cosas diferentes.

Aún hoy, con casi la misma edad que llegó a tener mi padre, continúo llorando su muerte. Cuanto más me aproximo de los 37 años, más noción tengo del poco tiempo que él estuvo por aquí. Miro a mis hermanos, que ahora están más viejos de lo que él llegó a ser, y veo que son jóvenes todavía. Esto me da una dimensión de la inmensa tragedia que representó su muerte repentina.

Mi mamá cuenta que, meses después de la muerte de mi padre, yo vi una foto de un hombre barbudo en el periódico y me quedé señalándolo admirada, “oh, oh, oh”, sin decir nada más. Como quien dice “mira, finalmente lo encontré”. Mi tío Décio, el que más se parece físicamente a mi papá, nos fue a visitar un día. Mi mamá dice que, cuando lo vi entrar por la puerta, ¡me levanté eufórica! Mi tío se dio cuenta de que yo lo estaba confundiendo con mi padre y se puso a llorar.

El luto hizo parte de la construcción de mi identidad. Desde que tengo consciencia de mí misma, soy una niña huérfana. En mis primeros recuerdos están los cuchicheos a mi alrededor diciendo “pobrecita, ella no tiene papá. Su papá murió”.

Cada vez que me ven, algunos parientes lejanos suelen decir algo muy curioso: “Ella es la niñita”. Yo quedé marcada en la cabeza de todos como una niña huérfana, la niña que todos vieron en el velorio de mi padre y que, dicen, fue el día más triste del mundo. Triste por el hecho de morir tan joven, triste por tener tres hijos pequeños, el mayor, además, con una enfermedad mental. Triste porque él y mi mamá estaban completamente enamorados. Triste porque él estaba viviendo un momento de prosperidad en el trabajo. Triste porque era Navidad. Triste.

Toda Navidad cuento el tiempo que ha pasado desde su muerte. Todo 20 de octubre pienso en cuántos años él estaría cumpliendo. Y pienso en cómo habría sido mi vida con él. Cómo habría sido si él estuviese aquí, ahora. Mi mamá dice que heredé de él mi forma cariñosa de ser con las personas. ¿Será que nosotros, dos melosos, nos la habríamos pasado abrazados?

¿Será que yo jugaría a halarle el bigote o a apretarle la barriga? ¿Tendríamos apodos únicamente nuestros? ¿Será que discutiríamos mucho? ¿Qué pensaría él de la situación política en Brasil? ¿Cómo habría sido ver el Mundial con él? ¿Habríamos tomado mucha cerveza juntos? ¿Y a qué películas lo habría llevado a ver en cine conmigo? ¿Qué pensaría él de que me haya casado con un hombre que trabaja en el mundo del cine? ¿Qué tipo de abuelo habría sido para Francisco y Ana Clara, los hijos de mi hermana? ¿Y para los hijos que aún no tuve?

Algunas veces, cuando estoy triste y con la autoestima baja, pienso que mi papá me diría algo bonito en ese momento, tal vez de una manera hasta exagerada y divertida. Me diría que estoy linda, aun cuando otras personas me estuviesen sugiriendo adelgazar, por ejemplo. Estaría siempre seguro de que tengo talento. Me abrazaría con una fuerza sofocante.

Me la paso fantaseando con esa gran vida con él. Creo que el hecho de que él hubiera sido un hombre bueno, carismático y generoso contribuye a ello. Las personas lo recuerdan con mucho cariño, con brillo en los ojos. Varios hombres ya me dijeron “tu padre fue el mejor amigo que tuve en la vida”.

Ese fue el legado que él me dejó. Intento, con todas mis fuerzas, ser una buena amiga para mis amigos. El haber perdido a un padre tan joven también me hizo tener mucha consciencia de que la muerte existe y que ésta puede llegar en cualquier momento. Inclusive en el momento más feliz de su vida.

A mí me quedó el ejemplo de amor y compañerismo de él y de mi madre. Lo que no logro hacer es imaginarme que él me está viendo en este momento. Eso no lo logro. Es una forma que las personas utilizan para consolar a otras. Él te está viendo, desde donde quiera que esté. No logro creer en eso. Me encantaría poder hacerlo. Pero sólo logro pensar que perdí a mi padre, perdí la oportunidad de conocerlo, de conocer sus defectos, de tener de qué quejarme, de tener historias con él que recordar.

Cuando mi hermana era pequeña, preguntó en la clase de catecismo cómo sería morir vieja y llegar al cielo y encontrarse con un papá joven. La catequista le dijo que el alma no tiene edad ni apariencia. Si el cielo existe, puede ser que algún día nos abracemos y celebremos su cumpleaños juntos. Espero que las almas se puedan abrazar.

 

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