Este proyecto es una invitación para romper el tabú. Es un canal de inspiración y de información, tanto para quien vive el luto como para quien desea ayudar

Tu vida em mí

El año pasado, en este mismo mes, el novio de la periodista Natalia Oliveira murió repentinamente. Para lidiar con el luto y atravesar septiembre, Natalia decidió pedirles a las personas - en la calle y en las redes sociales - que le dieran una buena noticia.

Por Natalia Sousa

Carli Jeen/unsplash

Gino murió

Gino hacía parte de aquel grupo de gente que debería haber sido hecho de eternidad, ¿sabes? Él era ese tipo de persona con la que uno se sentaba a conversar por cinco minutos y, al levantarse, uno sabía más sobre Brasil, música, historia, entretenimiento, películas y política. Uno sabía más sobre la vida y sobre la potencia de los encuentros. Porque cuando uno salía de haber estado en su presencia, uno salía mejor.

Inquieto, cuestionador y perspicaz, él experimentaba el mundo con los ojos. Investigando, observando, analizando, cuestionando y, después, entendiendo y compartiendo. Y también intrigando a los otros: “¿Cómo puede saber tanto?”, me preguntó un día mi hermana, curiosa. Yo no sabía. Sólo estaba segura de que él cargaba mucho del mundo dentro de él. Y yo adoraba ver las cosas desde donde él las veía. Él me parecía increíble.

Pero no sólo por todo eso, sino principalmente porque él era ese raro tipo de gente que posee una mezcla de sensibilidad e inteligencia. Recuerdo aquella vez que estábamos esperando para embarcar rumbo a Guarapari. Era viernes en la tarde y el movimiento era intenso. Gino hablaba con su papá por teléfono y yo miraba a una señora de cabello blanco que estaba comiéndose una manzana. Algo en ella me encantaba. Quizás era la forma cuidadosa en la que agarraba la fruta.

Había mucha gente cerca. Encuentros, despedidas, niños corriendo. Yo podría haber estado distraída con cualquier cosa. Pero apenas colgó el teléfono, él me tomó del brazo y me preguntó: “Ya estás queriendo hacerte amiga de la viejita, ¿sí o no, amor?”. Era claro. Él sabía. Él lograba ver mi alma desnuda.

Estaba tan llena de ese encantamiento que yo lo presentaba como novio. Con la alegría de haber descubierto que el amor es una casa grande donde uno cabe entero. Es un lugar al cual vamos con nuestros intentos y encontramos un brazo extendido, una estrategia, un camino. Es un viento fresco en los días de corazón cargado. Gino era ese tipo de hombre. Un hombre que me amó con todo lo que yo era. Y, viéndome en los ojos de él, yo también me amé.

Nuestros encuentros estaban hechos de una gratitud ininterrumpida y renovable. De ese susto agradable. De esa certeza de haber encontrado un espacio en el mundo. De la serenidad de saber que estaríamos, uno al lado del otro, en los peores y mejores caminos. Era una certeza.

Por todo eso es que yo hubiera querido que él fuese para siempre.

Pero aun deseándolo mucho, no lo fue.

Gino murió.

Gino murió a los 32 años de un cáncer extraño y silencioso.

Demasiado temprano.

Y yo continué viviendo. Más pequeña que su muerte. Respirando entre los destrozos de esa inmensidad que él representó. Perdida entre lo que fue y lo que podría haber sido, pero que nunca más será. Desesperada, intenté hallar una puerta que ya no existía y que no volvería a abrirse. Aunque le hiciera todo tipo de promesas absurdas a Dios y que me dijera mentiras aún más insanas. Él no regresaría. Gino no volvería nunca más.

En medio de ese desespero, comencé a escribir. Escribí para poder encontrar un camino. Escribí porque la muerte de él era más grande que mi propia vida. Escribí para no morir yo también. Escribí de dolor, de rabia, de miedo, de ausencia. De percibirme hueca y, al mismo tiempo, de verme ahogarme.

Me hice tinta. Derramé en cada letra la inmensidad de haber sido amada por alguien que me vio tal cual soy, sin retroceder. Derramé el luto, pues necesitaba desesperadamente encontrar el espacio para recordar cómo era ser de mi tamaño en el corazón de alguien. Sin tener que disminuirme o estirarme.

Escribí como si estuviese diseñando los pasos que yo necesitaba dar para llegar al día siguiente, como si estuviese reaprendiendo el camino. Y fue escribiendo, como si caminase, que quise presentarle a Gino al mundo entero. Quise que mis palabras pudiesen ser los años y el tiempo que él no tuvo para ser admirado. Creí que ellas podrían ser la vida que le faltó. Escribí.

Y hoy en día lo publico. Hoy lo comparto como si estuviese rehaciendo ese camino. Como si al regresar, yo pudiese andar un poco más. Como si al mirar los pedazos que dejé, yo pudiese reconstruirme, renacer y recordar una vez más: pasaría por el luto una vez más para poder experimentar la vida a su lado. Lo haría. Lo haría cuantas veces pudiese. Y de sólo pensar en esa imposibilidad, mi corazón se levanta feliz. Lo haría. Lo haría, porque si el dolor es inmensurable, el amor…queridos amigos, el amor lo es todavía más.

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“Quise regalarte las palabras más bonitas para que las leyeras algún día, cuando tu pecho amaneciera nublado, y te acordaras, como si abrieras las ventanas, que tu vida era como el sol en la mía”

¿Me das una buena noticia?

En septiembre se cumple un año de la muerte de Gino. Así que, antes de que llegara el mes – el cual debía doler – decidí que lo que tenía que llegar antes era la gratitud por el hecho de que Gino hubiese vivido. Movida por esa gratitud, creé un blog y repartí cartas por São Paulo.

En esas cartas, les pedí a las personas que compartieran conmigo alguna cosa buena que les hubiese ocurrido en los últimos tiempos. Servían cosas como el haber descubierto un nuevo sabor de helado, una invitación de matrimonio, una promoción en el trabajo, una experiencia bacana.

La idea sólo se realiza colectivamente, pero posee un significado muy personal: tener muchos motivos por los cuales agradecer en estos treinta días. Y así, colectivamente, de gratitud en gratitud, tengo una certeza: una nueva primavera va a florecer en mi pecho.

Si no encontraste un sobre colorido, la invitación está aquí de todas maneras: escribe una buena noticia en tu Facebook o Instagram, utilizando los hashtags: #tuvidaenmi #unabuenanoticia. Así la noticia llegará hasta mí.

Aprendí algunas cosas en los últimos años, dos de las cuales me gustaría compartir aquí para concluir mi post: La primera es que uno siempre puede darle un nuevo significado al dolor. La segunda, que Dios es muy bueno, siempre. Estoy segura de eso, pues Gino vivió. Y eso fue innegablemente maravilloso.

Natalia es de São Paulo y es periodista.

“A los 29 años, después de haber perdido a mi madre y a mi novio, entendí una cosa: nada en la vida es simplemente malo. El dolor es capaz de hacernos alcanzar algunas fuerzas que ninguna alegría es capaz de darnos”.

Ella escribe el blog Tu vida en mí y la página de Facebook que lleva el mismo nombre. Ve y le das una buena noticia 😉