Este proyecto es una invitación para romper el tabú. Es un canal de inspiración y de información, tanto para quien vive el luto como para quien desea ayudar

La fiesta debe continuar

La periodista Cynthia de Almeida, una de las idealizadoras de este proyecto, cuenta cómo la pérdida de su hijo Gabriel cambió su percepción sobre la vida. Ella también cuenta cómo los rituales tienen una gran importancia dentro del proceso del luto. Este es un testimonio emocionante sobre celebración, trascendencia y reflexión.

Por Laura Capanema

Un año después de la muerte de Gabriel vino el primer Tributo a Iel: “Las personas preguntan si después de perder a un hijo todavía se tiene el ánimo suficiente para hacer fiestas, si todavía se puede ser feliz. Estoy segura de que sí se puede, aun cuando sea de forma diferente”, dice Cynthia de Almeida.

Me encontré con Cynthia por la primera vez en diciembre de 2015, cuando finalmente logramos eludir la correría típica de final de año con un almuerzo un poco menos acelerado. A pesar de ser colegas de profesión, pertenecemos a generaciones diferentes y por eso nunca nos habíamos cruzado. Cuando comencé a trabajar en el área de redacción – hace seis años- ella ya había entrado en una segunda fase, “no sólo de carrera, sino de la vida misma”, como ella dice. Un período de cambios orgánicos derivados de un hecho que desalineó las órbitas y alejó su camino de aquella soñada familia-margarina que parecía evolucionar bien: En 2001, Gabriel, alias Iel, el hijo de la mitad (ella es madre de tres hijos), murió en un accidente de carro.

Cynthia nunca se paralizó. A pesar de cargar las cicatrices del tan estigmatizado “peor dolor del mundo”, el de la madre que entierra a su propio hijo, ella protagoniza un nudo de alegría. La decisión de seguir celebrando la vida de Iel y de continuar caminando con pasos largos y firmes, hizo que ella pudiese ir más allá, mucho más allá. Es gracias a esto que nos encontramos. Alguien tenía que contar esa historia. Inicialmente pregunté si la mejor persona para hacerlo no sería ella misma, pero inmediatamente entendí: ella no quería escribir. Aunque ella hablase del pasado con amor, transformar memorias tan duras en un texto podría ser, en efecto, algo muy doloroso. Como bien dijo Hemingway, “escribir es sangrar”.

De hablar firme, carácter animado y alma leve, Cynthia transmite una rara sabiduría, una pericia propia de alguien que aprendió con el dolor lo que pocos entienden de la vida: que no tenemos certeza sobre nada ni el control sobre todo y que, aun así, siempre será posible hacer una buena limonada. Y cuando uno aprende esto, uno trasciende.

Al final de ese primer encuentro en el restaurante, ocurrió algo inesperado. Pedro, su hijo mayor, se sentó tranquilamente en la mesa de al lado, sin darse cuenta de que estábamos allí. Después fuimos a hablar con él, claro, pero me quedé con esa sensación de que las coincidencias no son siempre meras coincidencias – mientras ella hablaba de la pérdida de un hijo, el hermano de él surgía en el mismo lugar. De repente, la ausencia se convirtió en presencia, la muerte era vida y lo vacío era lleno. Durante nuestro segundo encuentro, un mes después, Cynthia habló por dos horas y me dijo algo que me quedó sonando en la cabeza: siempre hay que intentar continuar por el camino de lo hermoso – y no de lo trágico.

Testimonio:

“Gabriel estaba eufórico con la llegada de sus 20 años. Ya había conmemorado con sus amigos y ya había celebrado con las dos abuelas. Sin embargo, él quería ir con nosotros a un restaurante. Ya allá, cuando nadie quería comer más, apareció de repente una torta en la mesa. ¡Qué desespero! “¿Pero quién pidió eso?”. ¡Debía ser el cuarto postre en ese día! La novia, Dea, asumió la “culpa” y yo no dije nada para no dañar la fiesta. Después ella me contó que había sido él quien discretamente le había pedido al mesero traer una torta al final de la comida… Iel era exactamente ese tipo de persona: la que pide su propia torta (o más de una). Él siempre celebraba mil veces su cumpleaños – con mi familia, con su papá, con sus amigos en una fiesta. Cada año hacía, mínimo, tres o cuatro celebraciones.

Gabriel cumplió 20 años el 6 de diciembre de 2001 y murió el mismo mes. El accidente fue en la madrugada del día 23 para el 24, en la víspera de Navidad, haciendo de la historia algo aún más dolorosamente trágico. Él estaba feliz, acababa de pasar en la universidad, lo cual le había implicado un arduo año de estudio. Esas dos décadas representaban el final de un ciclo. Un final que acabó siendo el de la vida de él. Me despertó una llamada en la madrugada, entre las 3:00 y las 4:00 de la mañana. Iel había ido a una fiesta con un amigo y aún no había regresado. Estábamos durmiendo. Aparentemente el teléfono fijo ya había sonado – en aquella época, nadie llamaba primero al celular. De repente vibró el celular de Wladi, mi marido (no es el padre de Iel, pero siempre cuidó de él como si así lo fuese). Recuerdo bien haber oído a una persona hablar del otro lado de la línea y mencionar la palabra “accidente”. Wladi se vistió corriendo y fue a ver qué había ocurrido. Cuando regresó, todo en nuestra casa, y en la vida que conocíamos, salió de su lugar. El mundo se había detenido.

A partir de ahí, mi memoria comienza a fallar: no tengo recuerdos muy claros de los días siguientes. Yo quise huir del rol social de la “madre que perdió a su hijo” – ¡Cómo es de pesada esa cruz! Recuerdo haberme sentado junto a mi marido – él aún más destrozado por el dolor que yo – y de haberle pedido lo siguiente mientras lo abrazaba: perdimos a un hijo, pero no vamos a perder a nuestra familia en un infinito mar de tristeza. Agarré mis cosas, una caja con fotos de Iel y nos aislamos, con mis hijos y mis padres, en nuestra casa en la playa. Era una época en la que no existía Facebook o mensajes instantáneos, así que allá logré pasar un tiempo protegida del mundo, anónima en mi propio luto. Iba a la playa, lloraba, miraba las fotos. Contesté muy pocas llamadas, no quería hablar con nadie, no sabía qué decir sobre el hueco dentro de mi pecho. Era fin de año, así que allí pasamos las vacaciones de verano[1].

La misa de un mes de su muerte fue al final de esas vacaciones. Las personas que se habían pasado todo enero intentando llamarme llenaron la iglesia. Esa celebración fue el primer ritual que marcó e iluminó todos los otros que vinieron después. Mi hermano menor me hizo lo que en aquella época era lo máximo en tecnología: un Power Point con fotos y canciones, contando la historia de Gabriel. Casi me muero de tanto llorar, pero también me llenó el corazón de alegría el poder ver la vida de él como una película. Fue ahí que entendí que él había sido muy feliz. Fue ahí cuando, realmente, comencé a levantarme.

Gabriel era súper sociable, siempre rodeado de un millón de amigos. Él tenía una relación muy especial con Daniel, su amigo más cercano. Ellos se conocieron cuando eran todavía bebés, en la guardería de una querida prima, donde la mamá de Dani y yo los dejábamos antes de ir a trabajar. Los dos fueron juntos al mismo colegio. Más adelante, fueron colegas en el club, en la fiesta y, principalmente, en los viajes y en el surf. Todos los amigos que fueron haciendo, los unieron alrededor de ellos. Dos meses después de la muerte de Iel, Daniel organizó un ritual icónico entre los surfistas, el de quemar la tabla de los amigos que se han ido. Iel decía que Maresias era el lugar que más le gustaba en el mundo, así que sólo podría hacerse allá. Ese Luau con fogata, la luz de las llamas iluminando la arena, la guitarra de los hermanos y la música bajo las estrellas, me hicieron caer en cuenta que era importante continuar con las celebraciones. No fue un momento triste, fue algo más bien mágico porque me trajo la alegría de saber que mi hijo tenía una fuerte presencia en la tierra. Fue allí que entendí que celebrar su vida era lo mejor que podríamos hacer por él y por nosotros: la fiesta de mi amado hijo debía continuar. A partir de ahí comencé a entender la fuerza de los rituales.

TRIBUTO A IEL

En la semana del primer cumpleaños de Gabriel después de su muerte, en 2002, Daniel habló con Wladi: “Queremos hacer una fiesta”. Fue hasta la casa, agarró una foto, la amplió para transformarla en un banner y formó una banda que sólo se reúne en esa ocasión y se llama Banda Tributo. Daniel llamó a todo el mundo. Ese fue, oficialmente, el primer Tributo a Iel. Y fue lindo. Todavía lo es. Desde eso ya van a ser 14 años, 14 fiestas.

Una de las muchas invitaciones hechas para el tributo y, al lado, la foto de Gabriel apoyada en el soporte para las partituras, en el palco. El clima es de alegría y de celebración de la vida.
Una de las muchas invitaciones hechas para el tributo y, al lado, la foto de Gabriel apoyada en el soporte para las partituras, en el palco. El clima es de alegría y de celebración de la vida.

Cada año la fiesta es diferente. Cuando no es en un bar, la hacemos en la casa de alguien. Es en diciembre, un mes lleno de fiestas familiares, de correrías… Y ahí aparece un evento que no tiene nada que ver con nada, pero que aun así reúne a todos los amigos. Nadie falta. Siempre hay música y espacio para homenajes – algunas veces alguien habla, algunas veces ni siquiera hay necesidad de hablar. Puede ser muy estructurado o muy improvisado. Los chicos ya han llegado hasta a ensayar seis meses en un estudio sólo para tocar en esa fiesta (reggae, rock, blues). Pero también ha habido años en los que sólo una semana antes nos despabilamos, “¿Qué es los que vamos a hacer finalmente?” Sólo no existe la posibilidad de que no se lleve a cabo – es eso lo que me parece increíble.

Con el tiempo, nuevas personas se fueron incorporando al tributo. Los amigos de siempre se convirtieron en jóvenes adultos, se casaron, tienen hijos, nuevos amigos, novias, etc. La novia de Gabriel de ese entonces, Dea, se casó con un hombre maravilloso, Raoni, y tienen un hijito, Leo. Nunca faltaron a un solo tributo. Es una bendición en mi vida el poder ver crecer a ese grupo. Hoy en día va mucha gente que nunca conoció a Gabriel, pero que aun así adora el ambiente del evento. Esas personas me abrazan, conversan conmigo y me dicen cuán bonito e importante es lo que estamos haciendo ahí. El tributo es un momento colectivo de comprensión real de la muerte, un momento en el que todos los jóvenes que están ahí paran – de eso estoy segura – para pensar en ello. Y lo hacen de la forma más amorosa posible. Las personas no tienen que estar viejas, enfermas ni haber perdido a alguien cercano para poder reflexionar sobre la finitud y el sentido de la vida.

A algunas personas les parece extraña esa idea de celebrar. Una vez una chica me dijo que había perdido a un hermano y que a la mamá no se le pasaba por la cabeza celebrar el cumpleaños de él, que ese era un asunto demasiado pesado, un tabú. Pero no lo es y no tiene por qué serlo. No estamos celebrando la muerte, estamos celebrando la vida. Yo siempre quedo muy feliz. Algunas veces lloro. Quedo siempre muy conmovida y, especialmente, agradecida. Me quedo mirando a esos muchachos (siempre serán muchachos para mí) y pienso: “Que momento especial el que estamos viviendo”. En cada uno de esos niños, que hoy en día son niños de 35 años, creció un pedazo de Iel. Es bueno ver que ellos se transformaron en adultos, pero que continuaron con ese vínculo con el amigo de la juventud. Y yo estoy segura de que ese amigo es una especie de luz en la vida de ellos, un recuerdo de ellos mismos, de un tiempo que no volverá, de una época especial. Así como yo veo a Gabriel en ellos, ellos ven a Gabriel en nosotros. Es un momento mágico para todo el mundo, una grande lección de trascendencia. Es entender que el amor no se acaba con el fin de la vida, sino que permanece y vive dentro de nosotros. El amor adora las fiestas.

CAMBIOS

Cuando uno pierde a un hijo, aparece mucha gente que quiere ayudar. Es ahí cuando uno tiene la oportunidad de tomar una decisión: aceptar o no esa ayuda. Yo quise ser ayudada. Yo la acepté y creo que no podría estar más agradecida ahora. No había cómo encarar ese “me deja que yo puedo sola”. Yo no hubiera podido. Y está bien no poder, ¿sabes? Mis reacciones eran algo así como:

-¿Te recomiendo un psiquiatra?
-Sí.

-¿Quieres un libro?
– Sí.

– ¿Quieres un abrazo?
– ¡Por favor!

Cuando uno lo acepta, el amor viene hasta nosotros.

Le estoy especialmente agradecida a Dani, a Dea, a mis hijos Pedro y Luisa y a mi amado Wladi por haberme ayudado a conservar en mi vida la alegría que era propia de Gabriel. Las personas preguntan si después de perder a un hijo todavía se tiene el ánimo suficiente para hacer fiestas, si todavía se puede ser feliz. Estoy segura de que sí se puede, aun cuando sea de forma diferente. Hay días en los que lloro de nostalgia: me hace falta Iel, me hace mucha falta nuestra vida con Iel. Ya no logro más hacer planes a medio o largo plazo. Sé que la vida puede cambiar a cualquier hora. Tal vez eso también explique la dificultad –al menos la mía – para planear con antecedencia el tributo de cada año. No obstante, hacer esa fiesta me trae de regreso cada año la enorme alegría de pensar que tuve a aquel chico. Yo soy su madre y voy a serlo para siempre.

[1] En Brasil, las vacaciones de verano son en diciembre y enero.